«La manía de ver las horas del día como un presupuesto disponible es producto de una economía mundial de la aceleración, cuyo correlato aparentemente privado es la agenda cuajada de citas.[…] En el momento en que se experimenta el tiempo como retraso, nos encontramos plenamente bajo el dictado de esa pulsión explotadora que responde sucintamente a la divisa “el tiempo es oro”». Andrea Köhler en El tiempo regalado indaga sobre la espera y la celeridad a la que estamos expuestos en tantas áreas de nuestra vida. La Revolución Industrial reduce los tiempos y empuja a la sociedad a un cambio sin freno en el que seguimos inmersos y que parece que no tiene fin. Todo avanza, se transforma, escala y se reproduce. Pero ¿estar dentro de este frenético ritmo es una imposición a la que todos acceden? ¿Qué todos desean? Según Trueba, en La tiranía sin tiranos, «la depresión generalizada consiste en entender que hemos alcanzado el futuro y no nos convence».
Vivimos en la era del like, del envío en 24 horas, de la prenda nueva cada semana, de los muebles que nadie heredará, de la comida en tu puerta… El tic tac del reloj del conejo blanco parece que nos persigue. Nuestra manera de consumir, de trabajar, de relacionarnos y disfrutar de la compañía de otros, de crear, de buscar el amor, de informarnos. Todo se ha visto engullido por las prisas, hasta que de repente hay quien decide frenar. Quitarle las pilas al reloj y poner el móvil en modo avión un ratito. (Oye, y parece que le gusta la experiencia.) Y así, primero a modo de break y después como si fuera una explosión de adrenalina al ralentí, se abre una brecha en la se aceptan los tiempos reposados.
En La era del vacío Gilles Lipovetsky nombra el «redescubrimiento actual de los “valores”. Ese sería el posmodernismo, la vuelta a lo regional, a la naturaleza, a lo espiritual, al pasado.» ¿La réplica constante que supone una moda, una tendencia en Instagram o la creación masiva de las cadenas de fast fashion y fast furniture nos han empujado a buscar lo singular? Puede ser que nos hayamos cansado de ser un ejército que sigue los pasos marcados por las grandes marcas, sí. O puede ser también que le hayamos perdido cierto miedo a la espera.
Hoy por hoy quien apuesta por una compra artesana entiende su proceso y sus plazos. En oposición a la tendencia aquí y ahora, aguarda amablemente su llegada con el fin de conseguir una pieza única, con sus irregularidades marcadas por la preciosa imprecisión de la tarea manual y con su valor cultural intrínseco. Y por las cifras que ofrece el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, no se trata de un hecho aislado, sino de una vuelta a un sector que se consolida en la economía española, representando en torno al 2,4% del PIB industrial y un 0,4% del PIB total.
Las materias primas con las que trabajar son amplias y abren el abanico del mundo de la manufactura. La cerámica, las fibras vegetales, el metal, la madera, el mármol, el cuero o las fibras textiles son el punto de partida de un proceso que tiene tanto de romántico como de rudimentario. Tal es el alza de esta vía profesional que en Valencia, concretamente en el centro Barreira, nace el Máster de Artesanía Contemporánea. Romper la barrera de lo puramente tecnológico para aprender un oficio es algo que ya han hecho antes otras marcas que hoy consideramos referentes en este sector.
La cerámica, dicen, ayuda a la relajación por el contacto con el material y por mantener el foco en lo manual. Y de un hobby a un proyecto solvente ha pasado a ser por ejemplo Bonjour, la marca de Elena Meseguer que entre lo rústico y lo delicado es el deseo de cualquier mesa. O el espacio Cuit donde poder comprar una pieza o aprender esta técnica. Con un punto más decorativo y artístico encontramos a Inma Carpena, que ha dado un paso más allá a su ilustración trasladándola a piezas cerámicas.
Las mochilas Ölend, hechas a mano en Barcelona, son otro ejemplo de cómo renovar lo artesano. Como también lo hace y sus múltiples variantes del trabajo del cuero. O la marca fundada en 1930, Ezcaray, que tal y como describen en su web son «los únicos fabricantes artesanales de mantas y accesorios de mohair que prevalece en España y uno de los últimos supervivientes en el resto de Europa y del mundo». Y la artesanía textil de Vicens, la del vidrio de Lafiore, la zapatera de Aldanondoyfdez o tantas otras que nos roban esa parte de nuestro corazoncito más añejo.
Cabe recalcar aquí que todas ellas no rehúsan de la tecnología, al menos no para mostrarse al mundo. Y es que la artesanía se vale de las vías de comunicación actuales para llegar a su público. Traer una técnica del pasado no te exime de tener que adaptarte a las demandas del presente si quieres prosperar.
Y justamente la comunicación nos conecta con una idea de la que sabemos también beben los artesanos: la tradición. Porque este concepto que aúna los bienes culturales de una comunidad no persiste sin la transmisión generacional. De forma hablada o escrita, el rasgo característico artístico y cultural se hereda y crea una identidad con la que sentirse representado, con la que conectar o incluso que moldear para adaptar a los nuevos tiempos.
No se si existe aún alguien que no conozca a Rosalía. Ella nos sirve como claro ejemplo de cómo tomar como base el folklore y poder crear algo actual. Y a pesar de los ritmos y el espectáculo que lo acompaña, cumplir con la labor de perpetuar aquello que consideramos tradición cultural. Su disco lanzado en 2017 junto a Raül Refree, Los ángeles, gira conceptualmente en torno a la muerte y se recuperan cantes antiguos, la copla de la «Hija de Juan Simón» o se versiona « », el poema de San Juan de la Cruz . Pero con su segundo disco su compromiso con la tradición sigue latente y mediante una dirección de arte repleta de símbolos presenta El mal querer, que se inspira principalmente en Flamenca, una novela del siglo XIII.
Si continuamos con la analogía música y tradición nos topamos inevitablemente con las maravillosas canciones de María Arnal y Marcel Bagés. Su éxito viene acompañado de la transmisión oral de lo tradicional y la libertad de la propiedad intelectual. Defienden la idea de modificar, interpretar y actualizar en la era de internet aquello considerado como música tradicional. «La gent no s’adona del poder que té» canta María con ritmos entrecortados de guitarra, llevando la potencia de los versos del poema de Joan Brossa a las listas de Spotify. O la «Cançó de la María Ginesta», traída de una copla descubierta en una crónica de 1939. Ideas y sentimientos de antes con bases actuales como definición de este dúo que hace de lo tradicional un deleite musical.
Y como ella canta: «nadie sabe […] en este mundo tan loco». Pero ante los ritmos frenéticos, la homogeneidad o la fugacidad, tenemos la suerte de poder acercarnos a obras que nos aproximen a aquello que nos haga sentirnos parte de un todo y de una identidad. «Mientras tengamos la espera, nuestra existencia tiene una dirección y un fin» dice Köhler. Aguardemos a lo singular, entendamos el pasado, divulguemos aquello que no debe perderse y hagámoslo nuestro. Como quien observa en su casa esa pieza única e irrepetible, esa pieza que es un tesoro.